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jueves, 5 de diciembre de 2013

Mil Flores

Corre hermano
a cubierto
los señores han callado.
Preparan
apuntan
declaran
justo al centro del pecho
pecho ahora en silencio
última voz que otros dicen
no ven la semilla en el tiempo
no escuchan la celda crujir

Levántate hermano
de pie
que la sangre siembre tu tierra
que mil flores de esta cosecha
que la primavera nació nuestra

martes, 5 de noviembre de 2013

Fuga y Retorno

Se fuga la canción
la palabra
la promesa del viento nuestro 
del despertar.
El silencio es rey de este desierto
las ratas
de mis huesos carcomidos
del niño muerto ya ajeno.
Oh señor, piedad
mi rodilla sangra a tus pies
no pronuncia el nombre de su majestad
no escucha al niño muerto
no ve sus eternos pies descalzos.
Oh señor, piedad
mi rodilla solo recuerda.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Quietud II

Hay un grito cobijado bajo grises mantos
una noche que asesinó al alba
preguntas sin preguntas
un ciego que prefiere no ver
y silencio.
Hay un abrazo de por medio
y hay silencio.

domingo, 20 de octubre de 2013

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Primera Cita

            A las nueve de la mañana el despertador suena. El tercer pitido ya encuentra a un Adrián despierto y apagando la alarma. Es lunes, frío y húmedo. De sus labios surgía una sonrisa que lo delataba: estaba feliz, ansioso, el miércoles iría al parque y la vería por primera vez, a ella, el amor de su vida. Al quitarse las frazadas de encima, unas voces desde abajo le advierten que mamá y papá deben estar en casa tomando mates; rápidamente se viste para no helarse la piel y bajar a desayunar[1]: pero al dar un paso, Adrián nota que en el piso, antes de llegar a la puerta, había un pantalón y una remera tiradas que no le pertenecían. ¿Cómo era esto posible? Hace un rato no estaban ahí, ¿o si? La duda lo estremeció entero. Revisó los bolsillos del pantalón, pero no encontró nada. La remera era blanca, lisa. Olfateó las vestimentas y estaban limpias, sin usar.
            Esto era imposible. Las ventanas estuvieron cerradas toda la noche, hace mucho que no las abría por el frío. De padre no pueden ser, ya que el talle no coincide, aunque tampoco coincidía con el propio ni el de madre (era un talle muy pequeño), era claro que la ropa no era de esta casa. ¿Cómo llegó aquí? No había respuesta posible más que la imposibilidad de todo lo que ocurría: Estaba, evidentemente, es un sueño. Adrián calmó sus nervios al darse cuenta de lo que ocurría, por lo que se acostó y al poco tiempo volvió a dormir.
            La alarma suena, son las nueve de la mañana y Adrián despierta. Tiene hambre, un aliento a muerte que derrotaría a legiones enteras, pero despierta, al fin esta lúcido. El silencio reinaba en la planta baja. Salta de la cama, se cambia y sale corriendo intempestivamente hacia la puerta solo para detenerse, atónito: la ropa ajena estaba a los pies de la puerta, acompañada ahora de un gorro de colores tejido a mano y un cuaderno viejo, desgastado. ¿Y ahora qué? ¿Seguía estando en un sueño? Todo fue puesto en duda. Con temerosa iniciativa, procedió a levantar esa ropa. En sus manos yacían las vestimentas, tibias y de evidente uso reciente, con una fragancia muy familiar que le recordaba a alguien que no podía mentar con precisión; mientras que el gorro parecía haber sido usado por varios inviernos, estirado hasta casi sus límites. Los escalofríos calaron hasta los huesos de Adrián, su frustración se convertía rápidamente en ira, y no pudo contener el impulso de tomar el cuaderno y hojearlo mientras mascullaba las más horribles maldiciones hacia el texto. Decidió que torturaría sus páginas una a una hasta que le den una respuesta que lo satisfaga, pero al instante cayó en cuenta de algo que lo dejó pasmado: era el diario de una pequeña niña, en el se suponía que escribiría sus secretos, aquellos que ni a sus mejores amigos contaría, pero que estaba casi en blanco. Con una letra claramente infantil, la primera página decía: "Querido Diario, aquí te contaré la historia de mi vida. Te quiero." Adrián no pudo contenerse más y gritó. Gritó más fuerte y lloró. Se tiró a su cama en lágrimas con una increíble bronca, y siguió llorando hasta que sus tripas se sacaron, la desesperación se fue apagando y sobre ella durmió.
            Ya pasado el medio día, la luz invade plenamente sus ojos y Adrián despierta. Mira el reloj y se asombra al ver que es miércoles, el día pactado. Un hambre atroz devoraba su cuerpo y las fuerzas de este lo amenazaban con el abandono a cada segundo. Se levantó de a poco y miró hacia la puerta, para constatar si su némesis seguía ahí o había sido por fin expulsado de la realidad: allí, bajo la puerta, alguien dormía. La persona más bella jamás vista, era ella. Ella, su amor, con las ropas, el gorro y el cuaderno. Adrián no lo podía creer, sus piernas y voz se resquebrajaban lentamente, como un otoñal árbol ya muerto, que sueña con superar otro invierno. Estupefacto, trata de hablarle, balbucea, le toca el hombro repetidas veces para despertarla, pero ella no responde, duerme, solo duerme. Adrián seguía intentándolo con todas sus fuerzas, la puerta no se movió del silencio ese día y a unas cuadras, ya en primavera, alguien se iba de un parque.





[1] Algunos científicos del CONICET, cuya identidad es reservada, sostienen que en ese mismo momento, el universo habría comenzado a contraerse.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Pronunciaciones

¿Para qué un poema
que te diga
que te evoque
que ponga a salvo de tus ojos
a la primer inocencia perdida?
En estas líneas te escribí ya mil veces
y no te veo;
te pronuncio y eres silencio

martes, 3 de septiembre de 2013

Los Ojos de la Noche

Si la palabra perece en su cautiverio
si mi cobija estalla en mil pedazos
si este fuego dice solo su ceniza
si el niño vuelve a dormir despierto,
sin soñar
si el silencio devora la palabra,
antes de su alba final

entonces,
¿Cómo mirar a los ojos a esta noche?